PENAS Y CASTIGOS EN VALDENOCEDA

DE ALGUNAS PENAS Y CASTIGOS QUE SUFRIERON LOS PRESOS EN EL PENAL DE VALDENOCEDA.

Texto escrito por Ernesto Sempere Villarrubia

 

Las cárceles y los campos de concentración fueron dos sistemas utilizados por el régimen fascista del general Franco para acabar con buena parte de los hombres y mujeres que lucharon en el ejército republicano. Además de servir para esta misión de exterminio, todas las dependencias penitenciarias disponían de temidas celdas de castigo.

Al acondicionar la antigua fábrica de sedas como establecimiento para ser ocupado por penados, en gran parte “políticos” y perdedores en sangrienta guerra civil (por lo que obviamente deberían resultar “peligrosos”), el director de Valdenoceda, Eduardo Carazo, ponderó los posibles cambios de carácter hacia la rebeldía y la desesperación de estos presos y dotó al penal de celdas de castigo donde internar a los infractores de las reglas disciplinarias de la cárcel. Habilitó en los sótanos unos espacios de pequeñas dimensiones – dos por dos metros – en número de cuatro, cerrados por puertas de hierro dotadas de ventanillos con barrotes, para vigilar a los castigados. En la parte inferior unas compuertas para introducir desde fuera el exiguo rancho y retirar los cubos con las defecaciones de los reclusos.

Los castigos estaban a la orden del día. Raro era el mes sin que algún preso recorriera el angosto, oscuro y siniestro pasillo que conducía a las celdas de las que, a veces, sólo se salía a la fosa común.

Mejor que recoger los castigos que se imponían, es más real detallar las vivencias de los penados que por un motivo u otro sufrieron encierro en cualquiera de las cuatro inhóspitas, húmedas y subterráneas mazmorras fascistas.

Estaba terminantemente prohibido a los presos fumar mientras se hallaban en formación. Si alguno transgredía la norma, lo veía un guardián, lo denunciaba un soplón o era cogido con el cigarro encendido, el castigo impuesto era materializado de inmediato. Otro tanto ocurría a quienes no contestaran a las voces de rigor comunes en todas las prisiones (¡Franco, Franco, Franco! ¡Arribas España!) o no permanecieran en posición de firmes en los actos de arriar bandera al término de cada jornada. También se castigaban los pequeños hurtos de escasos alimentos de que la prisión disponía.

En resumen: casi siempre el contraventor terminaba con sus huesos en las celdas de castigo. Pero mejor resultará que sean algunos de los visitantes de esos horribles calabozos, quienes cuenten sus experiencias.

MARIANO VARELA ARAGON fue en la guerra civil cargador de horno alto. En el penal su destino era “pelar patatas”. Comunista, se alistó en el ejército republicano al estallar la sublevación franquista, llegando a ocupar cargo de capitán. Al finalizar la guerra es condenado a 30 años de reclusión mayor acusado de “rebelión militar “ (¿?).

Estaba en formación y antes del toque de trompeta ordenando el romper filas, el encargado de su brigada le sorprendió fumando.

  • “Eh, tú, Mariano, apaga tu cigarro” – le espetó de mala manera.
  • “Déjame en paz” – respondió Mariano -. “Ya ha tocado el corneta el rompan filas. Además, ¡a ti que te importa, chivato de mierda, lame culos!”.
  • “¡Te vuelvo a repetir … ¡apaga tu asqueroso cigarro!. ¡Me importa un bledo que haya tocado o no el corneta!” – le gritó, encorajinado, el encargado.

Pero como Mariano no le hiciera caso y siguiera fumando, le propinó tal puñetazo que le provocó abundante hemorragia nasal. Además, las chispas del cigarro que tenía en la boca se introdujeron en sus ojos dejándole momentáneamente sin visión. Al recobrarla se lanzó contra el agresor mientras le gritaba:

  • “¡Cabrón, te juro por mis hijos que ….!”

… más no pudo continuar. El encargado, con el chuzo que llevaba, le asestó un tremendo golpe en la cabeza. Mariano calló al suelo, sin sentido.

En la formación nadie se atrevió a moverse, a socorrer al desvanecido. Solo cuando el guardián de turno oyó al encargado, ordenó que lo levantaran. Así, Varela, sin opción alguna a defenderse ingresó en celda de castigo bajo sanción de un mes de incomunicación.

Por aquellas fechas se producían en el Ebro, lindando con el penal, fuertes crecidas. Hasta tal punto fue fuerte la de aquel año que inundó las celdas. Mariano creyó que iba a morir. Hubo momentos en que el agua le llegó al cuello, sin que nadie acudiera en su ayuda.

Varela cambió por completo. Se convirtió en un ser taciturno, tímido, desesperado. Nada hacía recordar al hombre que llegó al penal con fama de hombre duro. Solo se limitaba a prevenirnos para que evitáramos castigos en aquellos lúgubres calabozos. Y él, tras el pánico sufrido, no se atrevió nunca más a asomarse a las ventanas que daban al Ebro.

Este es uno de los ejemplos de como, con tratos bestiales, sin posibilidad alguna de defensa, con los más puros métodos fascistas, una persona normal puede convertirse en un triste guiñapo sin personalidad.

A LUIS OBREGÓN GARCÍA, procedente del pueblo burgalés de Villalmanzo, la dirección del penal le asignó el destino de ordenanza. En este puesto podía salir de la prisión llevando a cabo encargos que el jefe de servicio y otros funcionarios le encomendaban: recados puntuales a las casas de éstos o para la casa del director.

Pero es el caso que Luis, a hurtadillas, sacaba mensajes de reclusos y echaba en correos cartas de presos a sus familiares sin pasar por el tamiz obligado de la censura. Pero alguien le vio y acabó sabiéndolo el director. Inmediatamente fue desposeído de su destino. La Junta Disciplinaria le envió, como castigo, a una de las Colonias Penitenciarias que operaba en Sevilla en trabajos de reconstrucción  de pueblos devastados por la guerra, descontándole además todos los días que, como redención de penas por el trabajo, había conseguido.

ANTONIO MARTOS ROSALES fue un muchacho de unos 19 años que procedía de Granada, su ciudad natal. Era un joven vehemente e impulsivo, curtido en la lucha guerrillera contra las tropas de Franco en las sierras andaluzas. Finalmente cayó prisionero, fue juzgado y condenado a 30 años de reclusión. Su delito, “rebelión militar”, como tantos miles de vencidos.

Un día le sorprendieron fumando a escondidas mientras estaba en formación. Se dio parte de esta infracción y el castigo impuesto por la Junta Disciplinaria fue el de permanecer dos horas a pleno sol, firme y sin moverse. Antonio, acabó haciendo caso omiso al castigo y se sentó. La desobediencia le supuso pasar un mes en celda de castigo. Los primeros diez días, a pan y agua.

JOSÉ PÉREZ RIVAS, también granadino, nacido en el pueblo de Navila, tenía 49 años cuando fue llevado a Valdenoceda para seguir cumpliendo su condena de 20 años de reclusión mayor.

Elegido alcalde de su pueblo en las elecciones municipales del 14 de abril de 1931 y afiliado al partido socialista antes de la rebelión militar de Franco, fueron razones para condenarle.

A José le destinaron a “pelar patatas” y era tal el hambre canina que en Valdenoceda existía, que intentó quedarse con algunos tubérculos aunque estuvieran podridos. Sorprendido “in fraganti”, le impusieron arresto de 15 días en celda de castigo pero dada su edad y precaria salud, lo sacaron a los 3 días aunque siguió arrestado durante un mes limpiando letrinas.

LICERIO QUEVEDO MARIN, natural de Villahoz (Burgos), fue apresado en los primeros días de la sublevación militar franquista por su significación izquierdista, conocida en toda la comarca. Con 25 años de edad fue condenado por un tribunal militar a 20 años de reclusión mayor. ¿Delito?. Adhesión a la rebelión.

En principio lo trasladaron a un campo de prisioneros de guerra existente en el pueblo de Hontoria de la Cantera. Tras un año de cautiverio lo llevaron al pueblo de Alcocero para trabajar con muchos más en la construcción de la carretera de subida al monumento del general Mola, en lo alto del monte donde se estrelló el avión que lo transportaba desde Pamplona a Burgos. En este trabajo pasó cerca de otro año. Finalizado, le trasladan a Valdenoceda.

Dado su temperamento ingresó por dos veces en celdas de castigo. Una, por un chivatazo acusándolo de venta de artículos alimenticios a precios abusivos. Del castigo impuesto de un mes, sólo cumplió diez días ya que la festividad de la Merced, patrona del cuerpo de prisiones, le levantó la pena. En la segunda ocasión no tuvo tanta suerte. Sorprendido en reyerta con otro preso sobre colocación de un camastro, hubo de soportar un mes íntegro en celda.

A FELIPE ASENSIO MARTÍN, natural de Zaragoza y vecino de Nava del Rey, le condenaron a 15 días de celda por haber mantenido una fuerte discusión con otro recluso, profiriendo blasfemias escuchadas por un funcionario.

A veces las palizas y golpes propinados por los encargados de las brigadas estaban a la orden del día. El recluso AGUSTÍN ORTIZ CASTILLO no contestó – por despiste o a propósito – a los vivas reglamentarios. Además de sufrir el consabido castigo en celda, le propinaron tal golpe en la cara que obligó a trasladarlo al hospital provincial de Burgos. Le intervinieron quirúrgicamente por la desviación nasal que padecía que había desfigurado por completo su rostro. Además, el tremendo golpe le causó un fuerte traumatismo craneal.

JOSÉ RUCIÁN CAMPOS, natural de Friego, jornalero del campo, condenado a veinte años, ingresa en celda de castigo en Diciembre de 1941 acusado de quedarse con un kilo de patatas mientras trabajaba en su monda. Cuando cumple el castigo, es tal su estado físico que ya no tiene remedio. Sale tan enfermo que fallece en Marzo a consecuencia de haber contraido la tuberculosis.

CARLOS CHAVES GUZMÁN fue a celdas, durante un mes, castigado por desobedecer las órdenes de un funcionario . Aquel invierno de 1941 fue tan frío que, en muchos de los presos encarcelados, la tuberculosis hizo verdaderos estragos. Carlos no fue la excepción. A poco de salir de celdas murió.

IGNACIO NAVÍO NIÑO, natural de Villarodrigo, cumplía condena de veinte años. Destinado en las oficinas de la Ayudantía, intentó aprovechar los sellos de cartas que llegaban sin el matado de Correos con idea de disponer de algunos pobres céntimos.

Su desgracia fue que lo descubriera el funcionario que venía quedándose con estos sellos y con, además, parte del dinero que las familias enviaban a los penados. Lo tildaron de ladrón, lo retiraron de sus destino y lo encerraron en celdas durante tres meses. Cuando salió había perdido totalmente la razón.

ELOY GARCÍA MARTÍN, de Salamanca, condenado a veinte años por “rebelión militar”.

Un día recibió un paquete con alimentos enviado por su mujer. Cuando se disponía a cocinarlos, en los lavaderos del penal, fue sorprendido por uno de los guardianes.

El castigo que le impusieron no fue, esta vez, pasar a celdas. Lo dejaron sin su ración de tabaco durante un mes en aquellos tristes días en que un cigarrillo podía ser esencial para aquellos hombres vencidos y desesperados. Podía resultar acicate y estímulo. Pacificar el ánimo y hacer soñar con la libertad.

Por último, entre los numerosos casos de injustas condenas y castigos físicos y psíquicos, recogemos el caso de AGUSTÍN MARTÍNEZ ROMERO, natural de Jaén, carretero, condenado a 12 años por estar afiliado a la UGT desde antes del levantamiento militar de Franco. Un mal día debió de encontrarse harto de ejecutar trabajos de limpieza en el penal y se negó en redondo a seguir haciéndolos. Inició un plante delante del resto de sus compañeros.

Ante esta actitud, la Junta Disciplinaria resolvió trasladarlo a un destacamento penitenciario con pérdida de todos los beneficios que ya tenía acumulados por redención de pena y la negativa a tramitar documentación que se precisaba para obtener libertad condicional.

En resumen: Se han recopilado aquí una docena de casos que recogen auténticos feroces ataques a la libertad de personas sin posibilidad alguna de defensa. Pero hay más, mucho más. Existen pruebas de que el Penal de Valdenoceda fue utilizado por los vencedores para eliminar físicamente a presos republicanos. De hecho, se ha podido establecer concretamente y sin posibilidad de error, que en la prisión murieron ciento cincuenta y cuatro personas mientras subsistió esta dependencia penitenciaria del horror (aproximadamente desde 1938 hasta 1943).

Y estos asesinatos lo fueron no solamente debidos a tratos inhumanos, sino mucho más al hambre pura y dura a que se sometió durante años a los penados.

El llamado “caldo” –agua sucia caliente, salada, donde nadaban unas pocas habas todas con su gorgojo dentro – era plato único y frecuente. El pan, cuando había suerte, era medio “chusco” (150 gramos), por jornada, y no todos los días. A veces aparecía una bazofia de patatas, algo más completa en cantidad, o algunos garbanzos, difícilmente digeribles. Y el titulado “café” bebido que constituía el desayuno, era achicoria con algo de azúcar. Su virtud consistía en calentar las frías tripas ante una jornada gélida y gris en el enorme patio de la prisión con dimensión de campo de fútbol donde se obligada a los penados a permanecer durante el crudo invierno, muchas veces en medio de las nevadas, ateridos y temblorosos.

¿Copiaron los alemanes de Hitler los métodos asesinos de Valdenoceda y de otras muchas instituciones represivas –batallones de trabajadores, campos de concentración – para aplicarlos en gran escala en Auschwits, Buchenwald, Mauthausen y Dachau?.

Alguien que sufrió profundamente la vesania de los vencedores, recogió en estos versos la tremenda realidad de los que, por luchar por la libertad y la democracia, murieron de frío, hambre y enfermedades y descansan en una fosa común dentro de la aldea de Valdenoceda:

“En trágicos cinco años

pasaste, Valdenoceda,

por alevosía y saña

de ser, en la piel de España,

desde fábrica de sedas

a un final innoble, cierto,

fuiste fábrica de muertos …”

La placa en Memoria de los 154 muertos en el Penal de Valdenoceda