Otro hombre honrado, condenado por ‘auxilio a la rebelión’

Justiniano, “Justi” como lo llamaba Lucía, su mujer, era un hombre del pueblo, manchego él, campesino primero y más tarde barrendero, honrado hasta la médula. Cuando estalló la guerra tenía esposa y dos hijas… y tenía ideales.

Se alistó voluntario (tenía 36 años), participó en la defensa de Madrid, la batalla de Guadalajara y tras haber sido herido gravísimamente en la batalla de Teruel y a pesar de ser dado por inútil a consecuencia de dicha herida, siguió luchando hasta el final de la guerra.

Le detuvieron en su pueblo, al que volvió andando desde Valencia donde se encontraba cuando la contienda finalizó. Trasladado a Madrid fue juzgado y como tantos otros, condenado por Auxilio a la Rebelión.

Llegó a la prisión de Valdenoceda el 9 de septiembre de 1939 en lo que creo fue la primera llegada “masiva” de presos.

Lo pasó mal, muy mal. Sabemos que escribió una carta a su padre pidiéndole comida, diciéndole que se moría de hambre. Su familia, que nunca entendió sus ideas, no le ayudó, no le envió nada, quizás por el miedo a que les señalaran aún más por tener un hijo “rojo”.

Fue mi abuela quien acudió a Valdenoceda en 2 ocasiones para llevarle ropa y alimentos en lo que imagino un viaje penoso desde un pueblo de Toledo a otro pueblo en el norte de Burgos. Mi abuela se dedicaba en esa época al estraperlo para poder alimentar a sus hijas y a ella misma.

Consiguió trabajar en el lavadero de la prisión del que contaba que lavaban la ropa de los presos tuberculosos pero que al menos estaba “más calentito”. Contaba que pegaban la oreja a las cañerías para escuchar la radio que tenían los funcionarios de la prisión y poder enterarse de esta manera del discurrir de la 2ª Guerra Mundial.

Hubo algunos aspectos positivos durante su estancia en Valdenoceda: hizo amistad con 2 presos, Manuel y Marcos, amistad que se prolongaría el resto de sus vidas. Recordarían años más tarde sus años en la prisión, bromeando acerca de la cantidad de “carne” (o sea, bichos) que tenía la comida que les daban. Según me contó la viuda de Manuel, siempre que se juntaban recordaban sus años en Valdenoceda. Años más tarde volvería a ser detenido y Marcos testificó a favor de mi abuelo.

Cuando volvió al pueblo 2 años y 3 meses después de aquel septiembre del 39, contaría a su familia que en la prisión había profesores, historiadores y catedráticos que les daban conferencias y charlas hasta que el cura les prohibió que siguieran haciéndolo …. quizás por eso él siempre se refirió a aquellos años como “cuando estaba en el colegio”.

De allí se llevó a su pueblo un cuaderno utilizado por varios presos con diversos escritos: poesías, textos de Calderón, Quevedo, Tomás de Aquino, poemas de condenados a muerte, un poema dedicado a las mujeres que iban a ver a sus maridos, hermanos, etc a las prisiones de Franco….Ah! y un tirachinas hecho a mano.

Nunca volvería a aquel pueblito tan distinto del suyo, mucho más grande y caluroso. Nunca olvidó sus ideales, nunca renegó de ellos. Recuerdo que en 1982, dos meses antes de su muerte le acompañé a un mítin de un partido de izquierdas meses antes de las elecciones que darían el Gobierno al PSOE. A pesar de estar ya enfermo, cuando nos dirigíamos hacia el estadio de fútbol donde se iba a celebrar dicho evento, sus pies “volaban” y sus manos aplaudían a rabiar a los distintos oradores que allí hablaron.

Conocí Valdenoceda de una manera casual. Íbamos a Bilbao mi madre y yo, cuando al entrar en un pueblo mi madre leyó el nombre del mismo. Pegó un brinco de la impresión que se llevó, paramos y claro, vimos la prisión. He vuelto 2 veces más en el homenaje que anualmente realiza la Agrupación de familias de Valdenoceda, he entrado en la misma y andado por donde anduvo mi abuelo. He visto el paisaje que pudo contemplar durante más de 2 años y deseo y espero que él, que siempre fue un hombre de campo, se sintiera consolado por la belleza del entorno y que en alguna medida le reconfortara de las amarguras que allí vivió.

Eva Colorado Camuñas, en Memoria de su abuelo Justiniano Camuñas

Hoja de uno de los cuadernos que Justi escribió en la cárcel